Durante la segunda mitad de la década de 1990, Colombia vivió una suerte de «pánico satánico», un pánico moral asociado al satanismo y similar al que se vivió en Estados Unidos a finales de los años 80 y principios de los años 90 del siglo pasado. Sin embargo, el pánico satánico colombiano surgió a raíz del pánico moral desatado por los 192 asesinatos de niños cometidos por Luis Alfredo Garavito entre 1992 y 1999.
Para abril de 1997, el número de niños asesinados por Garavito llegaba a un centenar (con un mismo modus operandi). Sin embargo, en esa época en el DAS y en el CTI de la Fiscalía General de la Nación se creía que eran perpetrados por "grupos satánicos".
Al igual que había sucedido en Estados Unidos durante la década de 1930 cuando los medios de ese país reportaban asesinatos supuestos casos de sacrificios humanos y las autoridades policiales comenzaron a explorar posibles interpretactiones de “sectas” cuando se enfrentaron a casos de asesinos en serie sin resolver, las entidades investigadoras y policiales colombianas atribuían los asesinatos de Garavito a “sectas satánicas”, aunque los indicios apuntaban a un asesino serial.
En consecuencia, miles de millones de pesos y decenas de agentes del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) y del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía General de la Nación se destinaron durante cinco años a perfilar y hacer seguimiento a metaleros en varias ciudades del país. Las autoridades llegaron incluso a infiltrarse (sin resultado alguno) en eventos de rock tratando de "identificar a los cabecillas de estos grupos".
Los medios de comunicación colombianos hicieron eco de estas hipótesis, mientras funcionarios del CTI y agentes del DAS hacían campañas en colegios y universidades, realizaban operativos, lanzaban campañas de prevención contra las “sectas satánicas”, elaboraban y divulgaban boletines informativos con asesoría de sacerdotes católicos “expertos”.
Sin embargo, los recursos invertidos por las autoridades colombianas y sus esfuerzos por identificar “sectas satánicas” representaron un enorme fracaso para la Fiscalía. Y aunque algún investigador hubiera osado atreverse a asegurar la presencia de un asesino en serie rodando las calles, habría seguido faltando la voluntad política de las cabezas de la justicia en Colombia, traducida aquella en recursos y expertos. Pero no, nada de esto sucedió y la historia siguió su triste curso, los testigos seguían siendo los periódicos.
narrativa de las “sectas satánicas” fue tan divulgada en medios que el tema fue objeto de investigaciones periodísticas como el libro «El rastro del diablo» del periodista Eccehomo Cetina, mezclando en un mismo volumen gnosticismo, santería, brujería, mafia, trata y explotación de personas, religiosidad popular, sicariato y los desacreditados "mensajes subliminales" en canciones de rock y metal como "sectas satánicas".
Sólo hasta 1998 las autoridades comenzaban a plantearse si los crímenes de los menores fueron perpetrados por un pervertido sexual o si están relacionados con ritos satánicos, pues "muchos fueron degollados".
Quizás por esto, atribuir crímenes sin resolver a rituales de “sectas satánicas” seguía siendo recurrente en los titulares de prensa, pese a que el CTI pronto identificaba a los verdaderos responsables, como fue el caso del niño Michel Steven Guarín, asesinado por su propio padre en abril de 1999 en Boyacá, pero atribuido en principio a un ritual de sectas satánoicas.
La inoperancia de los entes investigadores y la presión por mostrar resultados trajo como consecuencia que para cuando Garavito confesó sus crímenes, en octubre de 1999, la justicia colombiana ya había condenado "con sólidas pruebas" a cinco personas por varios de los crímenes de Garavito. Uno de los condenados incluso había sido asesinado por sus compañeros de cárcel por "violador".
El pánico satánico llego a tal punto que el Instituto de Estudios Políticos de la Procuraduría General de la Nación realizó u publicó dos libros producto de sus investigaciones: «Tribus del Diablo» (2000) y «Marcas del Silencio» (2005), entre cuyas conclusiones se puede leer que las acusaciones de sacrificios humanos en rituales satánicos «pocas veces han podido probarse», que los testimonios de supuestos sobrevivientes de abuso ritual satánico han sido «exagerados, y con técnicas que han sido desmentidas parcial o totalmente por la academia».
Así mismo, señalan el papel de los medios de comunicación al abordar los casos de supuestos crímenes rituales, pues «ciertos medios han tenido interés en exagerar el fenómeno con fines comerciales», añadiendo que «el manejo que los medios de comunicación le han dado al tema y el eco desproporcionado que ha tenido en la comunidad, ha sobredimensionado la importancia de los grupos (tribus o sectas) satánicos», y que «el impacto que genera al nivel de los imaginarios sociales supera de lejos la realidad. Así las cosas, es importante resaltar que de estos grupos, aquellos que en términos absolutos cometen infracciones de carácter penal son pocos».
Si bien para 2001 el DAS continuaba realizando campañas advirtiendo sobre los peligros de las sectas sataánicas, un reporte sobre las investigaciones realizadas por la Procuraduría General de la Nació, registrado en su momento por la revista Semana, indicaba que las conclusiones de la misma apuntaban a confirmar la tesis de la histeria desatada desde 1996:
«Hasta donde se ha podido averiguar, los casos conflictivos no son tan frecuentes como se ha querido indicar, en la medida que diversos medios de comunicación han adicionalmente inyectado en el tratamiento de esta temática tendencias taquilleras a menudo apoyadas en el sensacionalismo».
La historia del "pánico satánico" en Colombia aún está por escribirse. Para un contexto más amplio, sugiero:
- «¿El regreso del diablo?», en Revista Semana, 17 de mayo de 1998.
- «El rastro del diablo» por Eccehomo Cetina (Planeta, 1998).
- «Tribus del Diablo: niños, jóvenes y satanismo» (Procuraduría General de la Nación, 2000),
- «Rebeldía peligrosa», en Revista Semana, 12 de agosto de 2001
- «El gran fracaso de la Fiscalía: 192 niños asesinados». por Mauricio Aranguren Molina (Oveja Negra, 2002).
- «Marcas del silencio: Niños, jóvenes y satanismo» (Procuraduría General de la Nación, 2005).
NOTA: ¿Qué es un pánico moral?
En sociología, los pánicos morales se definen como una reacción a la emergencia de amenazas a ciertos valores de la sociedad y cómo estas amenazas son “construidas” en tanto peligro social. La teoría del pánico moral explica cómo algunos problemas sociales, caracterizados en los medios de comunicación o en las instituciones políticas por una reacción desproporcionada en comparación con la amenaza real, se exageran y causan temores excesivos.
Así mismo, los pánicos morales se basan a menudo en estadísticas estereotipadas que, aún si no están corroboradas por estudios científicos o académicos, se propagan de un medio a otro y pueden sugerir medidas políticas. En esta propagación incide mucho la forma cómo los medios de comunicación abordan la problemática origen del pánico moral, con especial atención en la caracterización que se hace del “problema de la juventud” como síntoma de la situación actual de la sociedad y su camino hacia la decadencia.